No era extraño que Roma tuviese ahora tan pocos artesanos buenos, comerciantes y constructores. El monstruoso gobierno chupaba el fruto de su trabajo por medio de impuestos en favor de una canalla perezosa, gruñona y devoradora mantenida a expensas del Estado.
DiodoroYo, sin embargo, no soy un ciudadano de la urbe. Soy un soldado sencillo y vivo como tal.
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